Ruth

Porteadoras magrebíes cargan con bultos de más de 45 kilos desde Melilla por cinco euros diarios.

Aisha se levanta cada día a las cinco de la mañana. Tiene 55 años, pero aparenta veinte años más. Todas las mañanas, aún oscuro, recorre a pie el camino desde su casa hasta la frontera con Melilla. En el trayecto se junta con algunas vecinas y marchan varios kilómetros por la carretera. A las seis ya se encuentra en el paso fronterizo de Barrio Chino. Desde hace 20 años, de lunes a jueves, Aisha cruza a España para volver cargada con un fardo de ropa que pesa 45 kilos. A simple vista, Aisha, encorvada por el lastre de una vida poco generosa, no parece pesar mucho más. Por ello cobra unos 50 dirhams, algo menos de cinco euros. «Pesa mucho, pero ya estoy acostumbrada», explica sin perder la sonrisa.

Aisha es una pequeña pieza en la gran máquina del contrabando de mercancías entre Melilla y Marruecos, que mueve cada año, según estimaciones no oficiales, unos 500 millones de euros. Se transporta todo o casi todo, desde ropa usada hasta bolsas de pipas, mantas o repuestos de automóviles. A plena luz del día y sin pudor. Los ventajosos precios de Melilla y la falta de control de las aduanas marroquíes alimentan este lucrativo negocio.

Cada mañana, cerca de 30.000 personas cruzan a pie o en coche por alguno de los cuatro pasos que separan el enclave español del reino magrebí. La mayoría lo hace para comprar o para recoger fardos de contrabando. A pesar de volver cargados como mulas, nadie, o casi nadie, declara en la aduana. Ese «impuesto», según denuncian transportistas, comerciantes y ONG, se queda en el bolsillo de los aduaneros marroquíes.

Como Aisha, Fátima ha madrugado. Esta madre de 45 años trabaja de porteadora una o dos veces por semana para «sacarse un dinerillo de más». Viene preparada con una especie de fajín, fabricado en casa con largos pañuelos, que le ayuda a apoyar la carga sobre los lumbares. Aún no ha amanecido.

Hace cola con otros cientos de mujeres junto a la pared izquierda del paso de Barrio Chino. Los hombres se sitúan en otra fila, a la derecha. Agentes de la Mejaznía, un cuerpo similar a la Guardia Civil española, golpean con largas porras y sin miramientos al que pone un pie fuera de la fila. O al que pregunta algo. O al que no abre la boca.

Un agente agarra del pelo a una mujer sospechosa de intentar saltarse la cola y, al ver a extranjeros presentes, disimula pasándole el brazo por el hombro. Pero los extranjeros tampoco son bien recibidos, y menos si hacen preguntas.

Desde el pasado junio, el tráfico de mercancías transportadas a pie se ha trasladado desde el paso de Beni Enzar, la principal frontera entre Melilla y Marruecos, hasta el de Barrio Chino, más pequeño, que sólo permite el tránsito peatonal de ciudadanos de Melilla o Nador. «Antes no había colas, y nos apelotonábamos todos aquí», explica Fátima en un buen español. Mira al mejazni nerviosamente y continúa: «Pero desde que murió esa mujer nos obligan a ponernos en filas».

La mujer a la que se refiere Fátima es la joven de 30 años y madre de tres hijos que murió pisoteada en una avalancha humana el 17 de noviembre. No ha sido la primera y quizá tampoco sea la última. Las aglomeraciones son el pan de cada día y los heridos, frecuentes. La estrechez de los pasos fronterizos y la impaciencia de los porteadores, que intentan hacer dos viajes al día para cobrar el doble, forman una combinación peligrosa.

Fátima y Aisha llevan sus monedas preparadas. «La corrupción en la frontera por parte de los agentes de aduanas y de la Mejaznía es total», denuncia Abdelmonaim Chauki, líder de la Coordinadora de Asociaciones de Sociedad Civil del Norte de Marruecos. «Cada porteador paga cinco dirhams (45 céntimos de euro) a cada uno de los cuatro agentes que les piden la documentación. Si no lo hacen, no les dejan pasar o les mandan al final de la cola», explica. Si no se cruza, no se trabaja, y ni Aisha ni Fátima se lo pueden permitir.

De whisky a pañales

En la parte melillense de Barrio Chino, decenas de furgonetas cargadas de ropa usada, zapatos, mantas y otros textiles aguardan la llegada de los porteadores. También hay neumáticos, cajas de patatas fritas, papel higiénico, pañales e infinidad de productos del hogar.

Abdelilah Jouhri carga dos bolsas negras bien empaquetadas. «Llevo botellas de whisky, que en Marruecos es mucho más caro», explica. Por llevarlas cobra unos 20 euros, el mismo precio que se paga por transportar los fardos grandes, que pueden pesar más de 90 kilos. El precio de los portes sube y baja según la oferta. Como en la bolsa. «Si hay mucha mercancía que transportar se paga más. Hoy, por ejemplo, como hay poca, sólo pagan unos cinco euros», dice Aisha, mientras dos jóvenes le ayudan a colocarse la carga sobre la espalda. Encorvada y con las rodillas casi en el pecho, se dirige trabajosamente hasta la cola de vuelta a Nador.

Dentro del caos aparente existe un orden. «Cada comerciante tiene un número que lo identifica con el que marca sus paquetes», explica Mohamed Jalem, que trabaja como porteador. Cuando la mercancía cruza la frontera, un empleado del comerciante recoge los fardos, fácilmente identificables con el número. «Cuando entregamos la mercancía nos dan un ticket y cuando cierran la frontera, a eso de la una, vamos a cobrar al dueño con ese billete», señala este marroquí.

En la cadena del contrabando, cada uno tiene su papel milimétricamente definido. Incluso quien soborna a los aduaneros. «Por cada fardo se embolsan unos 10 euros», explica Ali Malge, que hace de intermediario para un comerciante de Nador. «Yo cobro 80 euros por transportar el fardo desde el almacén de Melilla hasta Marruecos, pero al final sólo gano unos 15 por cada saca», aclara, y desglosa los gastos. Hay que pagar la furgoneta que lleva los fardos de la nave a la frontera, a la persona que lo parte en dos, a los porteadores, a los aduaneros y, finalmente, el transporte desde Barrio Chino hasta el almacén en Nador. Ali trabaja desde los dieciséis años en el contrabando. Desde hace seis meses ha ascendido en el escalafón y ya no acarrea sacas, sino que paga a otros para que lo hagan. «Se cobra bien, pero estoy harto de esta vida», se queja el joven, de 23 años.

Sobornos

Aunque el contrabando que llevan a cabo los porteadores es el más ostensible, es calderilla comparado con lo que pasa en coche por Beni Enzar, la principal frontera entre Melilla y Nador, explica Chauki. «Ahí es donde pasa el dinero», señala mientras enseña, desde un cibercafé en Nador, varios vídeos colgados en Youtube donde se ve a agentes de la aduana marroquí siendo sobornados. «Los agentes cobran oficialmente 200 euros al mes. Eso no paga los Mercedes ni los chalés», denuncia indignado.

En 2006, Melilla importó de la península y de países terceros mercancías por valor de 674 millones de euros, según datos de Hacienda. De ese volumen, sólo 234 se destinaron a consumo interno. En la Delegación del Gobierno en Melilla no se dispone de estimaciones del volumen de «comercio atípico», como eufemísticamente se llama al contrabando en la ciudad autónoma. Pero parece difícil que una localidad de 12 kilómetros cuadrados y 66.000 habitantes consuma tanto.

«Aquí no se hace nada ilegal», aclara un comerciante. Efectivamente, las compras se hacen legalmente en España. La irregularidad viene cuando esos productos pasan a Marruecos sin pagar portes de aduana. «Pero eso es cosa de las autoridades marroquíes», añade.

El contrabando, en principio, parece que beneficia a todos. Sin embargo, el empleo que genera es precario, inestable y peligroso, crea una economía sumergida y promueve la corrupción. «Son muchas las familias que comen del contrabando, desde las más humildes de Nador y toda la provincia hasta los comerciantes de Melilla», asegura Chauki, el presidente de la coordinadora de asociaciones de Marruecos. «Pero esto no es desarrollo».

La jornada de trabajo de Aisha termina cerca de la una, en la misma puerta del paso de Barrio Chino. Allí cobra sus cinco euros. Si no gasta nada, en tres días podrá comprarse una manta.

Publicado en el periódico hoy, el día 07 de diciembre del 2008, periodista PAULA ROSAS, enviada especial. NADOR

Mientras en otras partes del mundo, nos angustia la idea de que debido a la situación mundial que estamos atravesando, no podremos atesorar grandes o pequeñas cosas en este mundo, mientras no podremos o no tenemos tan seguro el seguir manteniendo ese nivel de vida, que durante los últimos años, hemos venido viviendo, otros muchos siguen batallando por conseguir un sustento diario, mínimo pero que les ayude a seguir viviendo, sin grandes caprichos, pero luchando día a día por conseguir subsistir, os he copiado nuevamente el artículo de prensa, porque creo que no tiene desperdicio.
1 Response
  1. César Says:

    Es curioso como en los paises del "tercer mundo" la crisis no resulta un factor de temor...siempre hay crisis y siempre se ha luchado por la subsistencia. La comodidad es un plus del primer mundo que ha hecho olvidar que hay cosas verdaderamente importantes y básicas, que mucha gente lamentablemente, no disfruta, como el comer o vivir dignamente. Gracias por compartir el artículo. Besos Ruth, también disculpa mis ausencias.